Proust no es aburrido, es agotador. Dudé si incluirlo en la entrada anterior o no; al final no entró porque no lo había yo releído (y redactar aquélla me recordó la deuda), y en este momento apenas avanzo por el camino de Swann.
La frase que encabeza esta otra entrada requiere de una explicación suficiente ("una satisfacción", en términos duelísticos): nada de lo que escribe Proust aburre, nada puede no cambiarte (cada página te cambia, para bien o para mal) la manera de observar, pero pasarlas es como leer con una toalla empapada cubriéndote la cabeza: te falta el aire. Curiosamente, Proust era asmático. Sus curvilíneas frases interminablemente llenas de meandros amazónicos y de incisos e incisos de incisos no podrían ser leídas en voz alta por nadie que no fuera campeón mundial de buceo con apnea o como sea que se diga. Ya. Y, sin embargo, Proust debe (repito, debe; subrayo, debe) ser leído con disciplina por quien pretenda aprender algo sobre estas cosas. Su mundo muere (si es que alguna vez existió) cuando abandonas su lectura, como muere (si es que, igualmente, existió alguna vez) el mundo pastoril de las (hoy) infumables novelas del ramo de Sannazaro. Muere también (y a eso voy) el mundo de los borrachos brillantes cuando cierras algo de Hemingway (Islas a la deriva), de Fitzgerald (Gatsby) o de Cabrera Infante (Tres tristes tigres).
Hoy me quedo con Cabrera Infante, que (contradiciendo a las lenguas bífidas) no escribía como Hemingway, sino como Hemingway podría haber escrito si hubiese sido cubano. Hace poco leí (no releí) un cuento de Cabrera cuyo nombre ahora mismo no me viene a la cabeza (tiene algo que ver con el ekué, creo); hay mucho de bueno en él, y lo mejor de todo son sus diálogos de borrachos, siempre brillantes, citadores, literatos, creadores de juegos de palabras en medio de tremenda curda.
Descubrí en tales páginas que el diálogo de borrachos es un género; un microgénero, bueno, un género poco frecuentado, sí, pero un género tan genérico como el diálogo de pastores que hacía las delicias de l@s lector@s de hace cuatrocientos años. Como tal género, tiene sus convenciones: la madrugada, el verano, las novias y/o las desgarradas mujeres de bandera, que vienen y van sin interrumpir el hilo de la conversadera (no hay diálogos de borrachas), etcétera. Y esta otra convención, además: la brillantez. Cuesta inventarlos, y hay que inventarlos de cabo a rabo, nada de reproducir una borrachera real: la posibilidad de que dos o más personas con talento para la conversación coincidan una madrugada en el mismo local y el mismo estado de pedo lúcido no es remota (quiero decir que no es ésa la palabra, la empleo porque ahora mismo no encuentro otra mejor); que, además, la nocturnidad no los disperse es literatura.
Y sin embargo, lo que llamamos verdad sale de todo esto: el tiempo perdido sale de todo esto, la Arcadia sale de todo esto, la tigreza de los tistres sale de todo esto. Brindemos por todo esto.


