viernes, 8 de julio de 2016

Hay que matar a los seres queridos



NINGÚN MOMENTO MEJOR QUE LOS SANFERMINES para proclamar esta consigna. L@s antitaurin@s han asistido al chupinazo cargad@s con sus cubitos de sangre de pega, se han quitado sus camisetas y se la han echado por encima. Bien, vale. El que todos sabemos acudía también a esa cita, pero cargado con la peligrosa y afilada luz que le brillaba dentro de la cabeza.


SIN MEDIAS PALABRAS, era partidario de las corridas de toros, punto. Por eso, por su machismo y por otras muchas cosas (ajenas al hecho de escribir) ha pasado al imaginario literario como el Gran Mal Escritor. Era un buen escritor que cometió el error (por ambición, por miedo, por mimetismo) de escribir novelas cuando lo que de verdad sabía hacer eran crónicas y cuentos, escrituras donde nunca olvidó que hay que matar a los seres queridos.

CON SU LUMINOSO HUMOR NEGRO, llamó "seres queridos" al peso muerto de lo escrito: esos adjetivos, frases y párrafos que tan bien nos han quedado pero ahogan la historia y la contaminan de palabrería.

LEE París era una fiesta y lo releerás una y otra vez; lee los relatos de En nuestro tiempo y harás lo mismo. Son oro molido, porque el tío Henry tuvo ahí el valor de matar a sus seres queridos. Sólo así se explica que pudiera fabricar con seis palabras el siguiente relato:

For sale: baby shoes, never worn.

jueves, 7 de julio de 2016

¿En qué se parecen Curzio Malaparte y Antonio de Guevara?


No he encontrado retratos presentables de Guevara: los que he visto podrían ser de cualquiera, porque dan más importancia a sus hábitos episcopales que a la traza de su cara. Se me disculpe. Vayamos ahora a lo que nos ocupa.

¿QUE EN QUÉ SE PARECEN?
Por supuesto, en la efe..

  1. Malaparte era fascista y Guevara fraile. Malaparte era fascista en el sentido más olvidado del término: miembro con carné del Partito Nazionale Fascista (PNF), director de La conquista dello stato y firme partidario de la "violencia necesaria" para que Mussolini se impusiera por las malas como jefe de un estado totalitario. Guevara era fraile más por trepa que por otra cosa: hizo un carrerón eclesiástico a base de arrimarse al Emperador (Carlos V) y ser mejor en la Corte que en la cátedra de obispo, ya que por sus diócesis apenas apareció nunca.
  2. Malaparte era un bufón y Guevara un beneficiado. Payaso de la corte de Mussolini el uno y cortesano de la del César Carlos el otro, los dos estuvieron siempre pegados al Poder como las letras al papel. Los bufones habían dejado de estar de moda desde poco después que los pintase Velázquez y más bien era Malaparte un comensal y enfant terrible, que esparcía su veneno y sus difamaciones bajo la protección del llamado Duce hasta que al propio Benito se le acabó la paciencia y el pobre Curzio cayó en desgracia. Lo de Guevara queda explicado con lo dicho arriba.
  3. Malaparte era un farsante y Guevara un falsario. No quedó amigo, protector ni conocido de Malaparte que no fuese engañado, delatado, estafado o traicionado por él; sin embargo, conocía y era conocido por todo el mundo y su estatura (dos metros sobrados), su distinción y su empaque lo acreditaban en todas partes. Guevara falsificaba en sus obras, a trochemoche, citas y anécdotas de autores clásicos sin dársele un bledo la erudición y las fuentes, e ignorando más todavía las críticas de los doctos varones que le afeaban su conducta.
  4. Los dos fueron famosos en toda Europa. Malaparte, dada su elegancia, su exquisita educación y su brillantez como conversador, era bienvenido a la mesa de todos los poderosos y los editores se lo disputaron siempre: Capput y La piel -como todo lo que escribió- en cuanto les puso punto final fueron objeto de ediciones y traducciones que se esperaban con avidez. El Relox de príncipes de Guevara tuvo centenares de ediciones en su siglo y en el siguiente: un superventas que se tradujo por entonces, que yo sepa, al francés, al inglés, al alemán y al italiano. 
  5. Guevara era un fabulador y Malaparte un escritor fabuloso. El obispo mentía como bellaco a sus lectores, a quienes en el fondo les daba igual si decía verdades o no, porque lo que contaba les entretenía. Malaparte se sirvió mucho del mundo y del lenguaje de Proust y no poco del modernismo decadente de D'Annunzio para algo que ni Marcel ni Gabrielle hubiesen sospechado: no para elogiar la exquisitez de un servicio de té o  el sueño de una mujer desnuda sino para describir en Capput, por ejemplo, en su calidad de enviado del Corriere della sera al frente ruso y disfrazándolo de crónica, la ruina, la miseria y el abismo de Europa durante la Segunda Guerra Mundial: una anciana entre las ruinas de la estación bombardeada de Varsovia, esperando un tren que no va a llegar; los judíos aterrados que sobreviven escondidos entre las espadañas, el cadáver putrefacto de una yegua muerta de un tiro. 
Más efes hay en común, pero ya vale. Los dos me resultan fascinantes porque inquietan nuestra conciencia de lectores: en el fondo sabemos que la ficción no es el juego inocente que parece, donde el lector sabe que no es cierto lo que se le cuenta. No. Todos sabemos que en la ficción acecha la mentira, y esa falsedad latente ha sido explotada como nadie por estos dos facinerosos para crear sus ficciones fraudulentas. 
Por otra parte, convenientemente ordeñados, ambos proporcionan una leche espesa y nutritiva, que será de buen provecho para todo el que sepa lo que le cumple. Y una cosa más: nada nos cuesta suponer que la escandalosa deshonestidad de Guevara y sus embrollos justifican la jocundia de su prosa. Nada nos cuesta aceptar que la maldad y el cinismo de Malaparte fueron necesarios para crear una mentira lúcida y brillante que de una vez y para siempre destapara la verdad: el asco y el esperpento de los carniceros.

miércoles, 6 de julio de 2016

La bonita frase "escribir es un oficio"


  • ¿De verdad?
¿Dante sería consciente de que lo suyo era un oficio? ¿Y Shakespeare? ¿Y Cervantes? ¿Y Dos      Passos? ¿Y Carver? 
A lo mejor sí y yo estoy equivocado, pensando que un oficio consiste en repetir una técnica y escribir es más bien crear dominando una técnica. Yo diría que la diferencia es ni más ni menos un abismo. A crear dominando una técnica se le llama "arte". La palabra "artista" no parece adecuada a la modestia, la humildad y el decoro que ya sabemos adornan a todos los escritores (Quevedo, Byron, Wilde, Borges...) y por eso, en un momento dado se sustituyó "arte" por "oficio". Si ejercemos un oficio, ¿seríamos oficiales? ¿Los buenos escritores de caballería, los del montón de infantería y los pesados de artillería? Yo me quedo con "artista" y como no pienso decírselo a mi madre, yo no quiero ser artista, ya lo soy.
  • Entonces, ¿qué hacemos?
Debemos evitar a toda costa el mote de elitistas; además artistas elitistas queda mal, no viste, es publicidad negativa, no es guay. Pero, ahora que lo pienso, una tertulia de artistas elitistas atraería la maledicencia y el rencor de los mediocres, lo cual es fundamental para llevar una tertulia a buen fin, es decir, a publicar. Y, por cierto, que hablen de mí aunque sea bien, pero si hablan mal, mejor.
Por lo menos yo lo veo así. El guante está arrojado: quien quiera contestar, que conteste.