martes, 19 de julio de 2016

Estoestó-estoestó-esto es todo, amigos


¿Ideas? No, gracias
Para escribir una novela las ideas te llueven: las que te sugieren, las que tratan de imponerte y, las peores de todas, las que te empeñas en encajar sin venir a cuento. Para curarse de este mal (a mí me parece un mal) nada como la experiencia: cuando me empeñé en desarrollar una historia a partir de una idea siempre naufragó porque, según iba avanzando, el relato me sonaba cada vez peor y, renglón a renglón, veía aparecer en la pantalla un indigerible churro de cartón-piedra. Aparte del escarmiento, siempre tengo en cuenta dos principios elementales:
    Primero: una historia consistente siempre parte de una imagen mental (Faulkner), no de una idea. 
    Segundo: si quieres expresar tus ideas no escribas una novela, escribe un ensayo (Hemingway). Incluso por honestidad.

                                   Ni carne ni pescado
Sin embargo hay novelas que sí parten de ideas, han llegado a buen puerto y gozan de su correspondiente y merecida aureola. Ya no están de moda las ideas, pero se siguen escribiendo con base en tres de estas historias, madres de todas las distopías: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell y Farenheit 451, de Ray Bradbury. El conflicto del protagonista se desata en las tres a raíz del conocimiento de una mujer (y ése es el acierto), pero me aleja de ellas el hecho de que, al final, esos mundos me saben a cartón-piedra: demasiado redondos, demasiado perfectos, demasiado lejanos. No preocupan, no dan miedo, ni siquiera inquietan: lograr la felicidad del género humano a cambio de eliminar todo lo humano (Un mundo...), lograr el orden de la Humanidad por el sometimiento a un poder omnímodo (1984), lograr la conformidad a base de suprimir el ejercicio de la lectura (Farenheit...) no son cosas que sólo puedan suceder en un futuro nebuloso, sino que han ocurrido desde siempre, sin interrupción alguna, y hoy suceden en todas partes. Y el correlato de estas historias ha sido una pésima cadena de irrisorias distopías asustaviejas cada vez más inofensivas, que ido a caer en cómics y dibujos animados.

 Los ojos del Hermano Mayor


                                                                                   Los hombres ordinarios

Huxley (y eso está bien) escribió tras su novela un libro de ensayos (Regreso a un mundo feliz), pero faltaba el ensayo definitivo que puso el dedo en la llaga: El miedo a la libertad, de Erich Fromm (1941). Señala que el peligro no es un poder oscuro, que el enemigo está dentro: es un demonio insignificante que todos llevamos y si se libera, si encuentra su oportunidad, se convierte en un monstruo. Esa oportunidad consiste en representar una idea (cualquier idea), convencer a unos cuantos y servirse de ellos para trepar hasta el poder absoluto con la ayuda de la estupidez (militancia), la torpeza (burocracia) y la brutalidad (policía). Ese que Fromm llama "hombre ordinario con un poder extraordinario" acabará convertido en el jefe de un Estado totalitario y eso será todo. Para lograrlo le bastará con ser insignificante.

 Modelo de insignificante fascista

 Modelo de insignificante soviético

                                    Modelo de insignificante nazi

Una tirita sí que necesito
Frente a mí, en el portátil desde donde escribo esto, hay una cámara y no sé (lo supongo, pero no lo sé) quién está al otro lado. No es posible neutralizar ese ojo de Hermano Mayor con medio electrónico alguno, pero sí taparlo con una tirita. Los hombrecillos que nos gobiernan y los que están a su lado o detrás de ellos, que fabrican las guerras y las hambrunas, no temen nuestro odio ni nuestras rebeldías porque son sentimientos inofensivos pero se sienten enfurecidos con esa tirita que un niño y un analfabeto y una anciana y un farmacéutico pueden permitirse usar y ellos no: les irritan nuestras carcajadas, nuestras burlas, nuestra certeza de que son pequeñitos, de que no pueden engañarnos, de que no tiene amigos, de que nadie los quiere. Les irrita que podamoes ser libres, les irrita nuestra risa porque (Malaparte)
La risa es una opinión



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