Las dos leyendas
De entre todas las leyendas que existen entre nosotros, hay dos a las que ninguno puede sustraerse porque siempre están al acecho como leopardos, que te saltan encima antes o después: la leyenda de la novela total y la leyenda de la página perfecta. Quede para otro momento la primera y vamos con la segunda.
La segunda leyenda
Cada uno tiene la suya, claro. A lo largo de los años he preferido muchos autores sin brillo creyendo de verdad que perdía el tiempo y he rehuido a casi todos los que deberían haberme subyugado pereo, de hecho, solo consiguieron aburrirme. Hoy sí (pero en un tiempo no) puedo afirmar (no confesar, no reconocer: afirmar) que esos que tanto me aburrieron siguen aburriéndome y no conseguí nunca acabar nada suyo ni pasar del primer párrafo a causa de que me aburrían. Porque llega un momento en el que sabes (no opinas, no crees, no argumentas: sabes) que no hay diferencia entre los laureados y los olvidados ni entre los mausoleos y las fosas comunes porque en la lectura todo es casual y nada es importante y nada tienes que demostrar.
Hazme caso: sé dueño tu tiempo, vuelve la vista a lo que has leído y recupera las páginas que te subyugaron de verdad y entre ellas busca de la que te subyugó por encima de todas las demás: tu página perfecta. Y no vayas a los manuales de páginas perfectas ni te fíes de los expertos en páginas perfectas ni leas cosas sobre páginas perfectas: deja caer las riendas de tu apetito y permítele vagabundear a su aire hasta que dé con ella. La reconocerás al momento porque cuál iba a ser si no.
Hazme caso: sé dueño tu tiempo, vuelve la vista a lo que has leído y recupera las páginas que te subyugaron de verdad y entre ellas busca de la que te subyugó por encima de todas las demás: tu página perfecta. Y no vayas a los manuales de páginas perfectas ni te fíes de los expertos en páginas perfectas ni leas cosas sobre páginas perfectas: deja caer las riendas de tu apetito y permítele vagabundear a su aire hasta que dé con ella. La reconocerás al momento porque cuál iba a ser si no.
ges Borges Borges Borges Borges Borges Borges Borges Bor
La mía consiste en la mayor parte de un párrafo que es el núcleo de mi narración perfecta. Nunca he lamentado mi falta de originalidad: hablo del cuadragésimo párrafo de El Aleph. El párrafo comienza con la localización del punto donde el Aleph -que tiene unos dos o tres centímetros- se encuenta: en la parte inferior, a la derecha, del escalón número diecinueve de la escalera del sótano de la casa del memo de Carlos Argentino Daneri, como sabes. Te la ofrezco:
"Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa de Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa de Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y coyuntural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo."

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