sábado, 30 de julio de 2016

Si existen, que sirvan para algo


Los demonios del granero de Rowan Oak
A partir de 1949, William Faulkner (de los Falkner de Misuri) se vio obligado a compatibilizar su alcoholismo con el premio Nóbel y todo ello debió de causarle no pocos trastornos. Afortunadamente, para entonces ya había escrito casi todo lo que le iba a dar tiempo a escribir y el Premio apenas interfirió en ésto. Uno de los mayores contratiempos que por entonces tuvo que afrontar, supongo, fue verse obligado cada vez con más frecuencia a ausentarse de su casa en Oxford (condado de Lafayette, Misuri) para cosas editoriales o de cualquier otra índole. Algunas de estas ausencias han sido beneficiosas para el resto de nosotros, aunque para él seguramente no: en 1956 tuvo que ir a Nueva York (el motivo es lo de menos) y allí fue entrevistado por Jean Stein Vander, que le preguntó cuanto es preguntable sobre cómo escribía y él respondió gran parte de lo que es respondible. No todas las frases de Faulkner que pululan proceden de aquella entrevista, pero la mayoría sí. Me basta con la que sigue.


"un artista es una persona impulsada por demonios"

Y si eso era lo que le impulsaba, eso era lo que le producía trastornos cada vez que dejaba Rowan Oak, la casa de Oxford en la que vivía (y trabajaba): en ella vivían sus demonios, estoy seguro, y sin sus demonios cerca no podía escribir; la cuestión es en qué parte de la casa vivían. Acabo de darme un paseo virtual por el lugar: una gran mansión sureña con amplio parque y demás; las casas-museo de los escritores son instituciones beneméritas donde, sin embargo, no queda poso alguno del artista. Quiero decir que no quedan sus demonios. La cámara que grababa iba pasando de una habitación a otra, todas ellas impolutas y un poco previsibles. Me acomodé en mi silla cuando comenzaron a aparecer las imágenes del "Faulkner's Study" pero me decepcionó lo que vi o, mejor dicho, lo que no vi: no había más mesa que una ridícula mesilla, inservible para nobles propósitos. Conclusión: no escribía ahí, los fantasmas no estuvieron nunca ahí.



Onetti sostiene que Faulkner escribía en una especie de granero que había cerca de la mansión y, si es cierto eso, era allí donde residían. Parece ser que la muerte del escritor se produjo al salir de él, una vez acabada su jornada laboral. Sobre las causas de su muerte hay al menos dos versiones: pudo provocarla el bourbon o pudo provocarla el Nóbel. Lo cierto es que sus demonios sucumbieron con él.


La necesaria convivencia con los fantasmas
Yo prefiero creer en los fantasmas: a diferencia de los demonios, son controlables hasta cierto punto. Sí creo que Faulkner, Dostoievski o Kafka estaban impulsados por seres incontrolables, que además los controlaban a ellos. Y ahora, la guinda del pastel: por eso fueron genios, porque un aura sobrenatural de blablablá. No, la vida aperreada no sustituye al talento.
Fantasmas, pues. Pienso que la escritura es un recurso para convivir con los propios fantasmas. Según el temperamento y las mañas de cada cual, esta subsistencia se puede llevar a término de distintas maneras. Afortunadamente, no se puede hacer un estudio serio para averiguar todo el asunto: faltan documentos, visto esto diremos lo que nos parezca.
      
   El estilo Conrad consiste en convivir con los propios fantasmas. Lejos de mí pretender que conozco cuáles eran los suyos, sólo veo algunas huellas que aparecen en cosas que escribió. Cuando lo que escribe no está habitado por sus fantasmas se nota. Recordemos que se ganaba la vida escribiendo y eso siempre perjudica la cuestión, pero en El corazón de las tinieblas los veo a todos en su propia salsa, y noto que se lleva bien con ellos porque, en el fondo, no los toma en serio y puede permitirse la vida sosegada y burguesa a la que quién no aspira. Sin embargo "morimos como soñamos: solos."

      El estilo Hemingway -él mismo un genio del disfraz- trata de disfrazarlos. Un hombre que odiaba a su madre y llevaba siempre encima la pistola con la que se suicidó su padre puede ser carne de psiquiatras y también, por desgracia para todos, carne de críticos adictos al psicoanálisis (carne a su vez de psiquiatras). Todas sus novelas están protagonizadas por hombres que, como él, esconden sus fantasmas de la vista de los demás; por hombres que, como él, fingen para la galería un sentido deportivo de la vida que, por cierto, en nada es incompatible con el culto al alcohol, de ahí la limpidez de los diálogos de borrachos. Papá Daiquiri quiso crear los hombres que  hubiera querido ser y le salieron personajes idénticos a él.

      El estilo Dos Passos, se caracteriza por negar su existencia. No he encontrado rastro alguno de fantasmas en lo que escribe ni, si vamos a eso, de nada que no sea fotografiar la vida. En Años inolvidables, sus breves memorias, desecha en todo lo posible los malos momentos y convierte los horrores que vivió durante la Primera Guerra Mundial como sanitario (al igual que Robert Graves en Adiós a todo eso) en un chaparrón molesto que interrumpe su paseo por la campiña; tampoco responde -aunque hubiera sabido hacerlo- al rencor y a los malignos insultos póstumos que su mejor amigo le había espetado en París era una fiesta.

      El estilo Hammett quizá es el más profesional, el más aséptico y el mejor: consiste en ponerlos a trabajar: los bautiza y que se las apañen como puedan. Al capataz de todos ellos lo llamó Sam Spade. Mientras en sus novelas los fantasmas iban y venían, correteaban, cometían crímenes y decían frases memorables, él se dedicaba, por ejemplo, a enfrentarse al Comité de Actividades Antinorteamericanas y acabar en la cárcel: a dar la cara.

Otras muchas formas hay de sobrellevar los propios fantasmas, basten éstas. Yo me quedo, sin dudarlo ni un momento, con el Estilo Hammett: nuestros fantasmas y nuestro demonios son nuestra única herramienta insustituible.   

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